Luego de ocho años de espera, el miércoles pasado comenzó el juicio de las Cuatro Plazas, conocido popularmente de esa manera, por ser el lugar donde ocurrieron los hechos. La causa tiene a veintiún policías imputados (quienes en su mayoría llegaron al proceso en libertad, con la salvedad de uno de ellos que se encuentra en prisión por otro hecho) acusados de amenazas, golpizas, torturas y abuso sexual simple. Además, están siendo juzgados por falsificación de documentación pública y robar las pertenencias de los jóvenes.
El litigio se está llevando adelante en el Centro de Justicia Penal de Rosario y las audiencias tendrán lugar hasta el 11 de marzo, día en que se conocerá la sentencia.
El tribunal está conformado por los jueces Florentino Malaponte, Gonzalo López Quintana y Fernando Sosa; la acusación está a cargo de la fiscal Karina Bartocci, mientras que el equipo jurídico de APDH patrocina a los querellantes de la causa.
Las y los agentes policiales imputados son: Denis Erica, Saavedra Mariano, Duarte Walter, Cali Alexis, Romero Ileana, Farley Gastón, Godoy Ariel, García Angela, Salinas Roberto, Morgan Santiago, Molina Adrián, Soria Jesús, Avalos Ángel, Cañete Agustín, Ojeda Diego, Romero Sergio, Gorosito María Florencia, López Nadia, Nevares Cristian, Sánchez Lucas y Lamanna Melina.
OPERATIVO REPRESIVO
Durante la primera audiencia cada una de las partes realizó su alegato de apertura. La jornada abrió con la palabra de fiscalía que en primer lugar narró los hechos, luego refirió a las secuelas persistentes en las victimas, detalló la prueba que presentarían a lo largo del debate y concluyó con el pedido de penas, de acuerdo con la responsabilidad de cada agente.
Con relación al relato de los hechos, Bartocci detalló que lo que se ventilaría es “en realidad un gran hecho concatenado”, que inicia en las cuatro plazas donde estaban reunidos un grupo de amigos y continúa en la Comisaría 14°.
La madrugada del 23 de marzo de 2018, un grupo de siete amigos (en ese momento, oscilaban entre 21 y 24 años) se reunieron en las Cuatro Plazas (Provincias Unidas y Mendoza). Alrededor de las 4 am, dos de los jóvenes -Valentina Caino y Emmanuel Chiavassa- se dirigieron en moto a un kiosco. Durante el trayecto notan que son seguidos por un patrullero que circulaba con las luces apagadas. Ante esta situación, asustados, los jóvenes vuelven a la plaza donde el conductor de la moto deja a su compañera con los amigos y continúa su marcha en el rodado. “Este patrullero no tenía las luces, las sirenas encendidas, ni dio la voz de alto, ni solicitó que Emmanuel y Valentina se paren, se frenen en la circulación de su moto”, detalló la fiscal y agregó: “Vamos a ver cámaras de esa supuesta persecución”, haciendo alusión a uno de los alegatos de las defensas. En Provincias Unidas y San Lorenzo, los oficiales del comando radioeléctrico, Ariel Godoy y Gastón Farley detuvieron a Chiavassa. “Lo tiran al piso, le pegan, constatan que la moto no tenía ninguna falta en su documentación, no tenía ninguna restricción y que era de propiedad de Emmanuel”, pero de igual manera lo aprehendieron, secuestraron su moto y dirigieron hacia las Cuatro Plazas.
Con los demás jóvenes en la plaza, otros dos agentes del comando radioeléctrico llegaron al lugar: los suboficiales Mariano Saavedra y Erica Denis. Ambos descendieron armados del móvil, el primero con su arma reglamentaria y Denis con una escopeta, entre gritos de órdenes para con el grupo de que apoyen manos en el auto para ser requisados.
Ante esta situación, Sasha Ventura pidió explicaciones del procedimiento y la requisa. En ese momento, la suboficial toma a Valentina del cabello y sube por la fuerza al móvil policial, mientras que su compañero, Saavedra, se dirigió hacia Ventura para golpearlo con la mano, darle un culatazo con el arma reglamentaria e insultarlo. El resto del grupo de amigos (Nelson Retamozo, Álvaro Gallo, Cristian Flores y Martin D´Alesandro) exigían a Saavedra que cese la paliza, y también resultaron golpeados. En una actitud defensiva, Sasha empezó a correr en dirección a Provincias Unidas, momento en que la oficial Denis -sin motivo y sin dar voz de alto- dispara su escopeta y le provoca una lesión en la pantorrilla izquierda. Pero la saña contra el joven continuaría, cuando los agentes, tras golpearlo y herirlo con un disparo, cortaron sus largas rastas.
La fiscalía continuó su exposición detallando que Saavedra apuntó con su arma reglamentaria y corrió tras Sasha, solo unos metros para luego regresar. “Hasta aquí, el procedimiento, si era solamente de requisa, ya se había desbordado, pero igualmente continúa”, narró la fiscal. En esta secuencia, comenzaron a llegar al lugar una gran cantidad de móviles y chatas de diferentes fuerzas solicitados por el suboficial Saavedra. Un operativo completamente desproporcionado. Todos estos hechos, detalló Bartocci, serán probados mediante videos de cámaras de seguridad de las Cuatro Plazas e informes de los GPS. Aquí aparece en acción Walter Duarte (comando radioeléctrico), quien esposa y golpea a Nelson Retamozo, para luego ingresarlo a la chata. Paralelamente, la suboficial Ángela García hace descender a Valentina -que ya se encontraba en el primer móvil que llega a la plaza-, la golpea, insulta y sube a otro de los móviles policiales. De esta manera, todos son trasladados a la Comisaría 14°.
En la dependencia policial continuaron los malos tratos, tanto por parte de Saavedra como de Denis (ambos encabezaron todo el procedimiento y el acta respectiva). Los varones son llevados al patio y puestos contra una pared. Los golpes y la humillación no se detuvieron. A Nelson Retamozo lo hicieron desvestirse por completo delante de sus amigos y obligaron a dar una vueltita frente a todos los presentes. Acto seguido, Duarte apoya sus genitales sobre el glúteo del chico; por este hecho está acusado de abuso sexual simple.
Por su parte, Caino fue bajada del móvil por la oficial García y llevada al pasillo de la comisaria (quedando completamente aislada de sus amigos). De este procedimiento, participó el cabo primero Santiago Morgan, dependiente de la Policía de Acción Táctica (PAT), que se dirigió todo el tiempo a la chica como una prostituta y la acusaba de vender droga. La parte acusatoria hizo mención también a que los jóvenes, una vez liberados, se retiraron de la comisaria sin sus pertenencias, las cuales fueron sustraídas allí. “Hubo un acta de procedimiento firmada por todos los que mencioné y, además, por Roberto Salinas, que también es dependiente de la PAT, era compañero de Morgan”, detalló la acusación, destacando la falacia en la totalidad del documento: “Expresan que se comenzó ese procedimiento en busca de una pareja en moto, que la femenino tenía una mochila rosa. Esa mochila rosa es importante porque nunca existió, o por lo menos se equivocaron de pareja de moto y provocaron todo este procedimiento erróneo”, sentenció.
Con relación al estado de Sasha, el acta menciona que finalmente fue trasladado al hospital Centenario por las lesiones que presentaba, pero alude a que las mismas fueron provocadas por una fuerte caída en la fuga, afirmación que la fiscalía se encargó de desmentir y agregó que a lo largo del litigio mostrarán un video de una cámara de seguridad frente al lugar donde golpearon al joven y en el cual se ve toda la secuencia.
La detención de Sasha ocurre con personal policial persiguiéndolo mientras él corre. El joven se detuvo a la altura de Marcos Paz al 6700, levantó sus manos y Roberto Salinas de la PAD, lo derribó. “Quedan los dos tendidos en el piso, Sasha tendido boca abajo en la vereda, sin ninguna resistencia”. Otro móvil policial arriba y estaciona en frente, conducido por el suboficial Diego Ojeda del Comando Radioeléctrico, que se encontraba acompañado por María Florencia Gorosito. En este instante, Ojeda se suma a la golpiza que le estaban propinando a Sasha.
En simultáneo más móviles llegan al lugar. Leonel Romero (que en ese momento pertenecía a la motorizada), arrojó la moto y participó de la paliza contra Sasha Ventura. En tanto, el jóven continuaba tendido en el piso, Salinas sacó un elemento cortante de su uniforme y cortó sus rastas, con la ayuda de sus colegas Ojeda y Romero que sujetaban de los hombros a Sasha para que no se moviera. Todo el personal presente en la escena no hace absolutamente nada, solo observa la situación, sin prestar auxilio al chico o siquiera intentar frenar la golpiza.
Finalmente, los chicos fueron liberados a las 19 hs del mismo 23 de marzo de 2018, luego que fuera entregada el acta de procedimiento.
Una vez finalizado el relato, la fiscal procedió a diferenciar el pedido de pena para cada uno de los acusados, de acuerdo a su responsabilidad, y detallando los delitos de apremios ilegales, falsificación ideológica de documento público, con hurto agravado por ser funcionarios públicos, abuso sexual simple, ejercicio de violencia en concurso ideal con la tortura, solicitando penas desde los 5 a 10 años de prisión más inhabilitación especial por el doble de tiempo en algunos casos e inhabilitación especial absoluta y perpetua en otros, además de una multa de 12 mil pesos por estar prevista en el código penal o bien el monto que se actualice.
PRÁCTICAS GENOCIDAS HEREDADAS
A continuación, prosiguió la querella representada por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). La abogada Gabriela Durruty comenzó el alegato, aclarando que no iban a reiterar los hechos. No obstante, sí les parecía importante sumar a la interpretación de estos, el contexto en el que se dieron y el motivo por el cual el equipo jurídico de la asamblea decidió acompañar como acusación privada a las víctimas. Durruty reflexionó que cuando las víctimas se acercaron al organismo, el equipo jurídico entendió que después de 50 años de trayectoria de la organización, cuyo origen y principal desempeño aún sigue siendo representar víctimas de la última dictadura, no pueden desperdiciar las herramientas que el derecho desarrolló durante todos los procesos de memoria, verdad y justicia para poder investigar y sancionar, especialmente delitos cometidos por quienes representan al Estado. Si bien aclaró que en este caso no están hablando de una actitud dictatorial (ya que no es el contexto político), si reconocen prácticas obligadas por las instituciones. La abogada destacó que estas prácticas genocidas heredadas de la dictadura se reflejan en la prueba que presentaran donde “de boca de los propios perpetradores se celebra la comisión de estos delitos, haciendo referencia precisamente a los momentos tan tristes de nuestra patria a partir de los cuales aprendieron como cometer y fundamentalmente como intentar encubrir este tipo de prácticas”.
Posteriormente, hizo uso de la palabra la doctora Julia Giordano, quien se refirió a la diferenciación que marcarían respecto a las calificaciones legales realizadas por la fiscalía y enumeró que cuando se habla de conductas como “salir, detener a punta de pistola a un grupo de jóvenes que no estaban cometiendo ningún delito, amenazarlos con que iban a aparecer muertos en una zanja, amenazarlos con que les iban a formar causa penal, amenazarlos con que iban a sufrir algún tipo de violencia sexual, ser testigos de cómo uno de ellos poniendo rodilla en tierra y apuntando con su arma reglamentaria a uno de sus amigos que iba corriendo con la inequívoca decisión de dispararle por la espalda, ser testigos de esa atrocidad e intentar impedirlo, ser pisoteados y golpeados mientras se encontraban boca abajo, ser humillados, tener que ver a su amigo con la cara desfigurada y pedir que por favor lo lleven al médico mientras estos pedidos eran ignorados”, entienden que esos hechos no configuran apremios ilegales sino tortura, debido al sufrimiento psíquico que atravesó el grupo de amigos. Otra diferencia que señalaron en cuanto a las calificaciones de la acusación fue con respecto al despojo que sufrieron los jóvenes en relación a objetos personales y dinero, en este sentido, Giordano destacó que se realizaron en el marco de la violencia que acababan de describir, por lo cual las mismas configuran delito de robo y no de hurto.
En relación a la prueba, destacó que esta calificación de los delitos como tortura y no como apremios ilegales, se probarían no sólo con las declaraciones de las víctimas, sino también con las declaraciones de sus familiares y peritos psicólogos que intervinieron como observadores en las entrevistas que les realizaron (actuación acorde al Protocolo de Estambul -manual internacional de referencia para la investigación y documentación eficaz de la tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes-).
La querella solicitó penas que van de los 6 a los 12 años de prisión, más inhabilitación especial por el doble de tiempo en algunos casos e inhabilitación absoluta y perpetúa en otros. Además, multa de 12 mil pesos.
Para finalizar el alegato, Giordano mencionó que las penas solicitadas tienen como razón la cantidad de víctimas y victimarios: “Todos los acusados son parte de la Policía Provincial, lo que desacredita a toda la fuerza y a la provincia misma, ya que fue en ejercicio de sus funciones y utilizando los fondos del Estado”, y remarcó que debe analizarse que ni siquiera hubo una actuación en el marco de la comisión de un delito o una conducta que debiera ser reprimida, sino que se trató de una ostentación de la fuerza que son capaces de desplegar. Por ello, solicitó al tribunal que con su decisión colaboren a la lucha de las instituciones democráticas de la ciudad por dejar de naturalizar y nombrar como “excesos en el cumplimiento de la función” a este tipo de prácticas, fundamentalmente en la fuerza policial.
EL ARGUMENTO DE LAS DEFENSAS: EL CUMPLIMIENTO DEL DEBER
A su turno, los defensores de las y los policías imputados desestimaron las calificaciones y pedidos de penas solicitados por fiscalía y querella, negando que hayan existido situaciones de apremios ilegales y torturas y defendiendo el accionar de sus representados bajo el justificativo de que “actuaron en cumplimiento de su deber ante la resistencia de personas a las que fueron a identificar”, y en algunos casos intentando deslindar de responsabilidad a sus asistidos, diciendo que se encontraban allí siendo juzgados por “omisiones” y no por hechos concretos. Por otra parte, varias de las defensas pusieron el foco en el vencimiento de los plazos para enjuiciar, basándose en el Pacto San José de Costa Rica y en la Constitución Nacional.
Párrafo aparte merece señalar que entre los abogados defensores, se encuentra Luis Tomasevich, ex militante de DDHH y ex preso político durante la dictadura, hoy devenido en defensor de torturadores. Su representado es Roberto Salinas, quien comenzó la brutal golpiza a Ventura por la cual el joven terminó con la cara completamente hinchada, casi sin poder respirar y con uno de sus ojos comprometidos. Salinas es, además, quien cortó las rastas de Sasha (las cuales nunca aparecieron).
Tomasevich, comenzó el alegato poniendo el acento en que su defendido no tiene antecedentes penales y no ha cometido ninguno de los delitos que le fueran imputados. Sin embargo, según la fiscalía existe un video de cámaras de video vigilancia, que se presentara en el debate y donde se ve toda la secuencia de la golpiza y corte de pelo a Ventura. El material audiovisual dura cinco minutos.
Sobre el delito de falsificación de documentos públicos -entre ellos el acta de procedimiento que demoró más de lo habitual y que como señaló la fiscalía contenía falacias-, parte de las defensas alegaron que la demora se debió a un paro municipal de 48 horas en los centros de salud que colapsó la atención administrativa y médica necesaria para cerrar el acta.
LOS AÑOS PASAN, LAS SECUELAS QUEDAN.
Durante los días 19 y 20 de febrero, en la sala N° 10 del Centro de Justicia Penal se escucharon los relatos de las víctimas. Antes que las víctimas comenzaran su testimonio, la querella solicitó al tribunal que las declaraciones se tomaran sin la presencia de los imputados en la sala, ya que los jóvenes querían declarar en un ambiente tranquilo y sin sentirse intimidados ante miradas o gestos de los uniformados. El presidente del tribunal, entendiendo el planteo, hizo lugar al pedido y los acusados fueron trasladados a otra sala durante el tiempo que transcurrieron los testimonios.
Escuchar a los jóvenes es vivenciar el miedo, el sufrimiento, las humillaciones que atravesaron, pero es también identificar la culpa que los penetra, la culpa de ver como humillaban y golpeaban a sus amigos, y sentir que no podían hacer nada para ayudarse. Si algo queda claro al escucharlos es que la vida de cada uno de estos chicos no volvió a ser la misma. En muchos de ellos, algunos recuerdos pesan más que otros.
La jornada de audiencias testimoniales comenzó con Valentina Desiré Caino, quien al momento de los hechos tenía 21 años, estudiaba psicología y trabajaba de moza en un bar. Caino comenzó relatando cómo llega ese día a las Cuatro Plazas. Menciona que junto a Emmanuel –quien en ese momento era su novio- fueron en busca de un kiosco para comprar cigarrillos en la moto de Chiavassa, cuando notaron que un patrullero con las luces apagadas los seguía. Ellos continúan su trayecto y su novio la deja nuevamente en las Cuatro Plazas, mientras él siguió. Al momento de bajarse de la moto, Valentina recuerda decirles a sus amigos que vió dos patrulleros que venían detrás de ellos, les expresó sentirse asustada y preocupaba. Seguidamente, llegó otro móvil a la plaza, del cual descienden Saavedra y Denis, él con su arma reglamentaria y ella con una escopeta, la cual apunta a la cabeza de la joven, toma del cabello y mete al patrullero. Caino narró cómo ambos oficiales arremetieron contra Sasha cuando este intentaba defender a su amiga, el posterior disparo a Ventura en la pantorrilla, además de destacar todos los móviles que fueron llegando al lugar.
Desiré recuerda que luego del corte de rastas a su amigo, a ella la bajan del patrullero y aparece otra policía que la requisa, refiriéndose a Ángela García. “Denis no para de decirme que yo era una hija de puta, que donde estaba la droga”; Desiré respondía no saber a qué hacía referencia. “Yo no lo podía creer, para mí era una película lo que estaba pasando”. Los oficiales comenzaron a sacarle sus pertenencias, mientras otro de los policías presentes insinúa que la joven era prostituta (agravio que se empieza a difundir y comentar entre los policías presentes).
Una vez en la comisaria, Caino recordó que la policía que la requisó en la plaza fue quien la bajó del móvil, y que lo primero que quieren hacer es llevarla a una cocina, donde las luces estaban apagadas y se encontraba otro policía durmiendo en el piso. “Y yo les digo que no quería quedarme ahí. O sea, yo realmente, con todo lo que estaban diciendo que yo era prostituta, todas las horas que estuvimos en la comisaria yo tuve miedo que me hagan algo”. Ante su negativa la dejan en un pasillo esposada contra una pared, con la presencia de la oficial García. Rememoró el dolor en sus manos por las esposas y que le pesaban por la posición en que las tenía, a lo que la policía García interpeló interrogando: “ ‘Ahí, ¿te duele?’. Y yo le digo sí, me molesta, están ajustadas. Y agarró y me las ajusta más fuerte”. Recordó que momentos más tarde la esposaron a una silla, mientras sus amigos quedaron en el patio. La posición en la que estaba la silla le permitió verlos y escuchar todo lo que comentaban los oficiales. “Escuchaba que decían: ‘Uy, ¿qué vamos a hacer? Ninguno de los siete tiene antecedentes, tenemos más antecedentes nosotros que todos ellos juntos”, y se preguntaban qué iban a hacer con las rastas, ya que eran evidencia.
En alusión a la falta de pertenencias una vez en libertad, la joven detalló que recordaba que a Álvaro le habían cortado sus tarjetas de crédito, a su novio le faltaba plata y que Martin estaba bastante enojado porque tenía una suma importante de dinero al ingresar a la comisaría, la cual nunca le devolvieron.
Las secuelas continuaron luego de los hechos. Valentina refirió que a partir de ese momento ninguno volvió a ser el mismo: “Sasha estuvo muy triste después de esto”; y agregó: “Nosotros éramos un grupo de amigos de hace muchísimos años que salíamos a bailar, que nos juntábamos en una plaza, que nos juntábamos en un parque y después de todo esto nos empezamos a juntar en una casa, encerrados en el bar de uno de los chicos que lo cerraba para nosotros”. En cuanto a su situación, la joven mencionó que antes de la detención y torturas, ella llevaba una vida normal, iba a cursar en colectivo, iba caminando a su trabajo y luego de esto, estuvo casi dos años con muchísimo terror. “Hasta el día de hoy no volvió a ser igual que antes”.
Sin embargo, el amedrentamiento y abuso policial no quedó solo en esas dos jornadas de marzo. Valentina refirió a distintas situaciones que tanto ella como sus amigos vivieron después de los hechos. Recordó que al regresar al trabajo, pidió cambiar su turno y comenzó a realizar menos horas porque le daba miedo ir a trabajar. No se trataba de un miedo infundado, ya que luego que el grupo denunciara los abusos sufridos, recuerda que una de las primeras veces que volvió al trabajo, un patrullero estacionó al lado del bar y un hombre dentro del auto la observaba fijamente.
En otra ocasión, estaba estudiando en la casa de una compañera y Emmanuel (que en ese momento era cadete) pasó a saludarla. Ella descendió del edificio y se quedó conversando con su novio. En ese momento, en que otra compañera se acercaba desde la esquina para sumarse al grupo de estudio, divisó a una persona parada a unos metros, hablando por teléfono, diciendo que ahí estaba el chico en la moto, y que se encontraba con la chica rubia –refiriéndose a Emmanuel y Valentina- , pidiendo indicaciones de cómo proceder, y consultando si debía seguirlos o no.
Además, detalló dos situaciones más. La primera, un día en que la oficial Denis va a comprar un café al bar donde ella trabajaba. Denis y los demás policías sabían dónde trabajaba la joven, ya que ella lo había declarado en otras audiencias; la segunda situación, refiere a un día en que, regresando en colectivo de una audiencia, se encuentra con uno de los policías imputados que había visto esa misma jornada: “Estaba parado enfrente mío, con el celular de una manera media extraña y recuerdo que yo fui todo el camino hablando con mi mamá por teléfono, avisándole si él se bajaba, si yo me bajaba, si no se bajaba. Y él me miraba fijo”. Vale aclarar que en ambos casos estaba vigente una prohibición de acercamiento de los imputados a las víctimas, lo cual no fue impedimento para que se manejaran impunemente.
HUMILLACIÓN Y DESPRECIO
El segundo en declarar fue Nelson Retamozo, quien al momento de los hechos tenía 21 años y trabajaba de pintor en la empresa de su papá.
Retamozo recuerda que quien lo sube esposado a una de las chatas es Duarte y que en ese móvil los trasladan a él y a otro amigo (cree recordar se trataba de Martin). Relata que al entrar a la Comisaria 14°, había un chico todo ensangrentado en un costado a quien no reconoció por el estado en el que se encontraba: se trataba de Sasha. “Me acuerdo que me habló, yo lo miré y el chico tenía la cara como un globo, porque no se le notaba la nariz ni los ojos, tenía redonda la cara y el pelo corto como tengo yo y cuando lo miré me dijo amigo y le reconocí la voz”. Era Sasha, relata Nelson. Al reconocer a su amigo, le da un ataque de nervios por el estado en que lo ve. Luego van llegando los demás amigos y los llevan a todos juntos al patio, menos a Valentina, que quedó en el pasillo.
Dentro de la dependencia, detalló el pedido de agua por parte de Sasha y cómo Saavedra comienza a increparlo por haber salido corriendo en la plaza. Ante esta situación, Nelson no aguanta y pide que dejen tranquilo a su amigo, motivo que enojó más aún a los uniformados que decidieron hacerlo desvestir y dar una vuelta delante de todos los presentes. Luego, dejaron que se vistiera. Fue en ese momento que Duarte apoyó sus genitales sobre los glúteos del joven, y cuando él se da vuelta para preguntar qué era lo que estaba haciendo, el oficial lo golpeó con el arma, al tiempo que respondió: “Acá haces lo que yo diga, ¿sabes cuantos negritos como vos me comí?”
No los dejaron ir al baño, en lugar de ello, les dieron botellas para orinar. Tanto Retamozo como los demás jóvenes declararon que la oficial Denis les tomó fotos mientras estaban en la comisaria y que luego se enteraron que esas fotos eran difundidas en grupos de WhatsApp para la identificación posterior de los jóvenes, una vez en libertad.
Al igual que Caino, el joven detalla que nada fue igual al quedar en libertad y que vivieron distintas situaciones con la policía, como una vez en la que denunció que encontrándose en el club Mitre, en una despedida a un amigo que se iba del país, terminaron corriendo del lugar porque los policías los reconocieron. “Empezaron a decir si queríamos terminar como la última vez”.
Los episodios eran constantes, fundamentalmente autos de policías estacionados frente a su casa. “La policía donde me veía, me hacía pasar un mal momento”, recordó. La última situación que graficó fue un día en que se estacionó un auto frente a su casa y cuando él cruza a ver de quien se trataba, el hombre en el interior del vehículo agachó la cabeza. Notó la calvicie del conductor y que tenía un lunar en la cabeza. El auto dio marcha, y Nelson tomó la patente para hacer la denuncia correspondiente, aunque no se tomó ninguna medida. Tiempo después, en una audiencia en la que estaba con su padre, observaron al mismo hombre con el lunar en la cabeza, que habían visto frente a su casa. Era un familiar de una de las oficiales.
Si hay una frase que sintetiza la sensación del chico es volver a la niñez, y queda claro cuando detalla que a uno le cuesta ganarse la libertad con sus padres en el traspaso de la niñez a la etapa adulta, y de la nada tener que volver a ser un niño porque no puede salir a la puerta sin dar explicaciones y con razón, porque obviamente los padres van a tener miedo.
LA CULPA Y LAS PESADILLAS
El tercero en declarar fue Cristian Agustín Flores. Al momento de los hechos tenía 22 años. Era comerciante.
Desde las Cuatro Plazas hasta la comisaría 14°, a Flores lo trasladaron en la caja de una camioneta junto a Emmanuel -a quien habían aprehendido en Provincias Unidas y San Lorenzo-. En el momento en que lo suben a la chata, Cristian reconoce a uno de los oficiales que se encontraba arriba, era el marido de su prima: Gastón Farley, quien al identificarlo le pregunta qué hacía ahí. El joven detalla que, a partir de ese momento, el trato hacia él fue distinto, no así con sus amigos. Detalló el estado en el que encontraron a Sasha en la comisaria y la dificultad de reconocerlo por tener la cara completamente hinchada y ausencia de rastas. Acerca del cambio en el cabello de Ventura, Flores comentó que conoció a Sasha a los 13 años y que, desde aquel entonces, su amigo se estaba dejando crecer el pelo para hacerse las rastas. “Tanto nos conocíamos, que pude ver ese proceso que él quería lograr con las rastas”, refirió, a la par que destacó que el cabello era algo preciado para su amigo que hacía a su personalidad. Por esto expresó que Ventura sintió mucha impotencia y dolor luego de que se lo cortaran. Además, describió los maltratos y humillaciones que vivieron dentro de la dependencia.
Las pesadillas, al igual que a sus compañeros lo atormentaron durante mucho tiempo, pero en su caso, manifestadas en forma de culpa. Tenía pesadillas en las que revivía el momento de la detención y golpiza a sus amigos, y soñaba que no podía reaccionar, que no podía hacer absolutamente nada por ellos.
Hacia el final de su declaración, la querella preguntó por qué como grupo solicitaron al tribunal declarar sin los imputados presentes en la sala. Flores no titubeó: “Porque creemos que volver a ver sus caras nos lleva a esa pesadilla que vivimos y sería una presión para nosotros al momento de relatar toda esta pesadilla”.
Finalmente, al ser consultado sobre el motivo de la decisión de constituirse como querellante en la causa, respondió que es parte de lo que vivieron y cree que no hay persona que lo pueda expresar mejor que ellos, que fueron quienes lo vivieron.
“ME VI DESFIGURADO Y VOMITÉ”
El viernes 20 de febrero comenzó la jornada con la declaración de Sasha Ventura. El joven fue narrando los sucesos con mucha firmeza, tomándose el tiempo necesario para detallar con precisión el martirio vivido. Sobre Ventura se volcó todo el encono de los oficiales, primero con el disparo de Denis a su pantorrilla, luego con la simulación de disparo por parte de Saavedra mientras sus amigos observaban asustados, la saña de Salinas que lo derriba en el piso, golpea y corta sus rastas, los golpes de los demás oficiales que fueron llegando al lugar, que lo sujetaron para que el oficial Salinas cortara su cabello y la indiferencia de los demás agentes policiales presentes que no intentaron frenar la golpiza. Su amigo Nelson, contará en varias oportunidades durante su declaración que quien más se ensaña con Sasha por haber salido corriendo, fue Saavedra, y que dentro de la comisaria continuaría golpeando al joven.
Al momento de los hechos, Sasha tenía 22 años y trabajaba en el Centro logístico de la ciudad de Rosario. Ventura comenzó relatando los sucesos y comentó que se encontraban en las Cuatro Plazas haciendo tiempo, ya que él entraba a trabajar a las 7 de la mañana. “Yo estaba en un banco contiguo al que estaban mis amigos, porque estaba hablando por teléfono con un compañero de trabajo que yo lo tenía que pasar a buscar. En ese momento, llega un móvil policial del cual se bajan Mariano Saavedra y Denis Erica a punta de pistola”, inicia su relato y continúa: “Se acercan hacia donde está nuestro grupo de amigos, la toman a Desiré del pelo, la insultan, la meten dentro del móvil policial”. Después, los efectivos ordenaron a todos sus amigos que se pongan contra el móvil, mientras Sasha observaba la situación desde el banco. El suboficial se dirige a donde estaba Ventura y da un golpe en el rostro: “A lo que yo reacciono, le digo ´para, ¿qué haces? ´ y tomo distancia, me levanto del banco”; Saavedra automáticamente se dirige hacia el joven y lanza un golpe de puño tras otro con la culata de su arma, mientras lo insultaba. Sus amigos presenciaban la escena y pedían al oficial que parara. “En ese momento uno piensa, ¿qué voy a hacer, voy a quedarme acá a que me golpeen? Empecé a correr hacia Pettinari”, detalla Sasha. “En ese momento escucho a mi amigo que dice ´para, no le dispares por favor, no le dispares’ y volteo y sobre mi hombro. Veo que Mariano Saavedra estaba en posición de disparo con una rodilla apoyada en el piso apuntándome con su arma. Previo a esto, hubo varios disparos de la escopeta de Denis”. Continuó su trayecto hasta llegar a Marcos Paz. Para ese momento recuerda que ya habían llegado patrulleros y una chata. Al doblar en Marcos Paz, Sasha se encontró de frente con varios móviles. Una moto de la policía se posicionó, al lado de él, frenando la marcha del joven. Ventura levantó sus brazos y frenó la carrera.
Lo derribaron. Tendido en el suelo, los efectivos iniciaron una paliza. Patadas y golpes. “Tenía la cabeza apoyada en el piso, por eso todos los golpes o la mayor cantidad de hematomas está en la parte izquierda de mi rostro. Tenía una parte de la vista hacia el piso y parte de la vista recibiendo golpes”. Luego de golpearlo, lo esposaron y fue en ese momento cuando Salinas sacó un cuchillo para cortar sus rastas. En relación con su cabello, luego de recuperar la libertad, Ventura especificó que le costaba mirarse al espejo y no reconocerse; no era feliz con lo que veía. Intentó volver a hacerse las rastas, pero sentía que algo había cambiado. “Cuando te sucede algo de esto, no sos la misma persona, por eso hoy tengo el pelo como lo tengo y no tengo rastas”, detalló.
Sasha no recuerda el momento en que lo suben a la chata, estima haber perdido el conocimiento. “Yo ya la próxima vez que tomo conciencia de lo que me está pasando es en la caja de la chata, en la caja del vehículo que siento como que algo me tapaba, un cartón o algo que tenía encima, y recuerdo ver sangre en el piso”; y prosiguió que en ese momento sintió mucho sueño, le pesaban los párpados. Se decía a sí mismo ‘no te duermas’. “Sentía que, si me dormía, no la contaba”.
Una vez en la comisaria narró que lo ingresaron a un patio vidriado. Desde allí, vió a su amiga Desiré en el pasillo. “Me empujan en el patio y yo caigo sobre un rincón y quedó ahí en el piso”. Al primero que ve en ese momento es a su amigo Nelson. “Le digo, amigo, me cortaron el pelo, y él me dice, ´¿Sasha sos vos?´. No me reconocía porque tenía todo el rostro hinchado y obviamente el corte de cabello”. Luego de esto, llegaron los demás chicos del grupo de amigos. Remarcó que todo el tiempo que estuvieron ahí, estuvieron bajo amenazas, “amenazas de violación, de muerte, nos golpearon, buscaban humillarnos de cualquier forma posible”. El policía Saavedra continuó golpeándolo. Ventura describió cómo arremetieron contra su amigo Nelson cuando este intentó defenderlo al pedir que no lo golpeen más. Fue entonces cuando hicieron desvestirlo y dar una vuelta delante de todos.
Desde que ingresaron a la comisaria hasta que recibe atención médica, recuerda que pasaron varias horas y que lo llevaron una vez que se hizo incontrolable la situación. El traslado al hospital lo realizaron los agentes Morgan y Salinas. Ventura recuerda que una vez en el hospital, lo llevaron a una sala y que él sentía un dolor insoportable en la cabeza, por lo que le aplican un inyectable y le dan unas pastillas. En un momento, quiere ir al baño -cree que Morgan lo acompañó -. El baño del hospital tenía un espejo y fue la primera vez que se pudo ver el rostro. “Me vi desfigurado, no podía creer lo que estaba viendo. No me reconocía”, y agregó que, al verse en esas condiciones, vomitó. Entonces recordó algo que Salinas le dijo en el trayecto: “Te arruinaron”. Salinas pensaba que Sasha al estar boca abajo, no reconocería que fue él quien inició la golpiza.
Al verse así, creyó lo dicho por el policía y pensó que no se recuperaría. Tras ello, volvió a la sala y se desvaneció. Ya estando en la camilla, empezó a sentirse sofocado. Le bajó la presión, lo llevaron a la sala de rayos X para tomarle unas placas y comentó que ahí las enfermeras discutieron con Salinas para que le retirara las esposas.
De regreso a la delegación, recuerda que ya estaban presentes varios de sus familiares. Cuando vió a su mamá, no quería que ella lo viera así. “Agaché la cabeza y no quería que me vea por cómo me encontraba”. Describió que ella gritó y se puso a llorar. Consultado sobre como terminó ese día en la comisaría, Ventura precisó que llegaron una abogada de la Defensoría Pública y alguien de Asuntos Internos para tomarles declaración de lo sucedido y alrededor de las 19 horas los liberaron. Además, todos se presentaron luego a hacer la denuncia correspondiente.
El juicio concluirá el 11 de marzo. En los próximos días, seguirán los testimonios.
Por Noelia Castañeda
Presidenta APDH Rosario
Periodista